- He pasado por tu casa a buscarte.
- Yo también estoy buscándome. Por eso no he abierto la puerta.
- ¿Entonces por qué coges el móvil?
- Porque me molesta el ruido, para que deje de sonar.
- Es la única vez que te llamo. De todos modos dime si te sigues buscando como el fin de semana.
- Me gustó buscarme en los recovecos de tu cuerpo. Tengo que seguir adentrándome.
- Creo que no quiero encontrarme así, y quiero dejar de buscar. Dime, ¿Estarás buscándote trepando en nuestros cuerpos? ¿Necesitas encontrarte? Yo ya hallé lo que buscaba, y tiene nombre, y tú lo sabes.
Lenguaje sumergido en el lenguaje
Lo que hay debajo de la palabra naranja
Sobre la mesa blanca del aula hay una naranja. Está fuera de lugar, alguien la ha traído para que la observemos, para que pensemos sobre ella, sobre el hecho de observarla y sobre su esencia. Mejor fuera percibir su existencia; destinada a ser pelada, desgajada y comida saboreando ese gusto dulce con fondo cítrico que me trae saliva mientras la imagino escurriendo su jugo al masticarla. Pero a esta triste naranja se le está hurtando ese destino, nadie se la comerá hoy. En vez de eso la escrutamos, pensamos cosas -tal vez terribles- sobre ella y, al darle un no-uso, la hacemos lejana e inútil. Ya no es una naranja, es sólo una esfera rugosa que refleja las luces del techo.
Una vuelta al origen de las palabras
Olvido: cuando han transcurrido muchos cafés los recuerdos se han disuelto con el azúcar.
Matar: arrebatar todo.
Nacimiento: comienzo de los problemas.
Bobo: de ideas tan simples como esta palabra.
Nudo: vestido.
Infierno: invierno de fuego.
Ser: algo diferente de lo que pensamos de nosotros y de cómo nos ven los demás.
Cuerpo: envoltorio material de algo que no existe. Cuando el cuerpo se para arranca el olvido.
Morir: iniciar el proceso de reciclaje y cosechar alabanzas por ello.
Persona: entre la masa indiferenciada de gente de vez en cuando aparece una persona.
Gobierno: gente que pasa por seria y nos provoca malhumor.
Rostro: el rastro que queda en la memoria cuando conocemos a alguien.
Infinito: enorme magnitud adecuada para cuantificar defectos: estupidez, mala leche, mezquindad y similares.
Espacio: cuanto menos deprisa se avanza mayor parece la distancia. Somos demasiado lentos para adentrarnos en él.
Silencio: esquivo como un fantasma, cuando tratas de escucharlo desaparece.
Escargot de Bourgogne
Narciso se asomó al estanque, bebió, se refrescó, se recreó en su imagen reflejada y, sintiéndose bello, buscó su media naranja en la pradera.. Cuando vio a un semejante se acercó a él. Sus cuatro ojos se miraron. Se aproximaron, se tocaron tímidamente. Se acercaron más, se exploraron las bocas y, tras un primer beso, se fundieron en un abrazo, poniendo en contacto sus pieles húmedas, deslizantes, placenteras, y rodaron por el musgo sin que hubiera ya ninguna limitación a la introducción de seminales en receptáculos. Prolongaron la fecundación mutua a lo largo de interminables minutos para que una nueva generación de niños pudiera cantar “Escargot de Bourgogne, montre-moi tes cornes”.
La construcción de las pirámides
“Las pirámides son el mejor ejemplo de que en cualquier tiempo y lugar los obreros tienden a trabajar menos” - Georges Duhamel
Es sabido que los antiguos egipcios eran previsores y trabajaban a largo plazo. Al tiempo que un faraón comenzaba su reinado se iniciaba también la construcción de la pirámide, que sería su legado para la posteridad. Gracias a esa previsión, diestramente orientada por la casta sacerdotal, tuvo Napoleón un buen escenario para arengar a sus tropas en 1798 (“Soldados, desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos de historia nos contemplan”), pero sólo hace un par de años estaban en óptimas condiciones, con aparcamiento de autobuses, vendedores de souvenirs, policía turística a pie y en dromedario y cocacolas frescas, todo ello dispuesto para mi visita. He pedido que no las desmonten todavía, por si se me ocurre volver.
El cuento de Caperucita
Caperucita Roja se dirigía a la manifestación del Primero de Mayo donde, junto con su abuelita, desplegaría la pancarta que portaba. Precisamente en el bosque -dónde, si no- le esperaban emboscados, a cara de perro, camisas oscuras, cabezas afeitadas y botas militares. Por si hubiera niños omitiremos lo que dijo el forense.
No sabía dónde esconderme…
No sabía dónde esconderme, teniendo en cuenta que era agosto, las playas estaban a rebosar, y yo iba vestido con el traje negro de la boda. Si no pensaba pronto en algo los familiares de la novia, que tardaron en reaccionar cuando abandoné la ceremonia antes de acabar, me harían pasar el peor rato.
El maitre
El maître me invitó a la cocina, donde dos tipos me sujetaban mientras otro me echaba aceite, ajo y perejil. Después me puso una cebolla pelada en la boca y me sazonó sin consideración. Me molestó la sal en los ojos, pero la cebolla me impedía quejarme. Yo contemplaba la escena desde el umbral mientras un tipo gordo, con un gorro alto y una chaqueta cruzada, comprobaba que el horno ya había alcanzado la temperatura óptima. Me colocaron sobre una especie de camilla de acero inoxidable y, cuando comenzaban a deslizarme en el horno, me vi en la puerta, volviendo la espalda y abandonando indignado un establecimiento que no incluía una guarnición de patatas.
Guillotina
Cerré los ojos y oí el chirriar de la guillotina al caer hacia mi cuello. Al instante la afilada cuchilla me golpeó, la cabeza giró en el aire y cayó. La paja del fondo me pinchaba en la cara, el cesto de mimbre me rodeaba, pero vi por el rabillo del ojo el rayo que cayó sobre el cadalso y fulminó a los guardias que me habían escoltado, al ciudadano verdugo y al implacable ciudadano juez. Hoy, por mano de su hija, envío al populacho mi maldición desde el lado tenebroso.
La mujer de la limpieza…
