Iba Caperucita Roja por el bosque camino de la casa de su abuelita. Aunque ya pasaba holgadamente de los treinta, mantenía esta costumbre infantil. La paga que le daba su abuela cada vez que iba a llevarle la merienda le venía de perlas para la hipoteca. De pronto, el Príncipe Azul apareció detrás de un árbol y se plantó de un salto en mitad del camino.
- ¡Hola Caperucita!
- Hola.
- Permíteme que me presente. Soy el Príncipe Azul. Llevo años recorriendo el mundo, buscándote.
- ¿Ah, sí?
- Sí. Afortunadamente ya te he encontrado y por fin seremos felices para siempre. ¿No llevarás perdices en la cesta? Me está entrando hambre.
Caperucita lo miró sin dar crédito a sus ojos y una chispa de compasión le llegó hasta la punta de los dedos. Mientras se alejaba pensó que las fieras de ese bosque seguían como siempre. Tan feroces. Tan incautas.
