Ella lo ve acercarse. Incauto. Ignorante. Él no la ha visto y cae en su red. Es entonces cuando ella se acerca a él y se deja ver. Deja que su presa contemple su abultado abdomen, su brillante cefalotórax, sus ágiles queliceros, que observe cómo la flexibilidad del pedicelo hace que el epigino se acerque a su indefenso cuerpo para vestirlo, poco a poco, vuelta a vuelta, con un blanco y pegajoso vestido. Demasiado tarde para que él pueda reaccionar. Está paralizado. Es el carnoso esternón de ella lo último que ve antes morir asfixiado.
Esta noche la araña cenará saltamontes.
