February 18, 2008
Iba Caperucita Roja por el bosque camino de la casa de su abuelita. Aunque ya pasaba holgadamente de los treinta, mantenía esta costumbre infantil. La paga que le daba su abuela cada vez que iba a llevarle la merienda le venía de perlas para la hipoteca. De pronto, el Príncipe Azul apareció detrás de un árbol y se plantó de un salto en mitad del camino.
- ¡Hola Caperucita!
- Hola.
- Permíteme que me presente. Soy el Príncipe Azul. Llevo años recorriendo el mundo, buscándote.
- ¿Ah, sí?
- Sí. Afortunadamente ya te he encontrado y por fin seremos felices para siempre. ¿No llevarás perdices en la cesta? Me está entrando hambre.
Caperucita lo miró sin dar crédito a sus ojos y una chispa de compasión le llegó hasta la punta de los dedos. Mientras se alejaba pensó que las fieras de ese bosque seguían como siempre. Tan feroces. Tan incautas.
El cráneo consta de ocho huesos, que forman una caja muy dura y resistente, destinada a contener y proteger el encéfalo. Los huesos del cráneo son: un frontal, un occipital, dos parietales, dos temporales, un esfenoides y un etmoides. Ciertos individuos presentan un hueso adicional, el catetoides, que evita la entrada en el encéfalo de ideas innovadoras e inoportunas.
Cada comprimido efervescente contiene:
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No tome Vacaciones® Comprimidos Efervescentes:
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- En caso de adicción crónica al trabajo u otros agentes depresivos.
Consumo de Vacaciones® Comprimidos Efervescentes con alimentos y bebidas:
- La toma de este preparado con alcohol potencia sus efectos beneficiosos sobre el sistema nervioso central.
- Se recomienda el consumo de tapas y platos típicos durante el tratamiento.
ATENCIÓN:
Los efectos secundarios más frecuentes de Vacaciones® Comprimidos Efervescentes son la sedación y la somnolencia, que deberán ser disfrutadas bajo cualquier circunstancia.
Estaba bajando las escaleras cuando tropezó con uno de los cordones del zapato. Comenzó a rodas escaleras abajo, llevando por delante al gato de la portera, que, lleno de furia, le clavó las uñas transmitiéndole una rara enfermedad nunca vista hasta entonces. Su cuerpo de cubrió de llagas de las que florecían amapolas que liberaban unos efluvios que lo adormecían. Expertos de todo el mundo llegaron para observar el fenómeno y cuando finalmente sucumbió al dulce sueño definitivo, su cuerpo-jardín fue disecado y expuesto en la Facultad de Botánica de la Universidad de Lieja.
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Eigualaemececuadrado es el nombre que mi padre, profundo admirador de Einstein, me puso. No me puso Alberto, o al menos Albert. No. Me puso Eigualaemececuadrado.
Según mi padre, debería estar orgulloso de llevar el nombre de la teoría física más importante de la Historia. Para mí, es un suplicio. Cada vez que tengo que dar mi nombre debo aguantar los codazos y las risas a lo largo del penoso deletreo. Mis amigos no encuentran un diminutivo adecuado para llamarme. Mi hermano pequeño, Peigualaemege, lo tiene mucho más fácil en la vida.
Pero lo peor de todo es que, para enorme decepción de mi padre, Catedrático de Ciencias Físicas, soy totalmente negado para las ciencias, y nunca he llegado a comprender qué significa mi nombre.
February 5, 2008
La cabeza consta de dos partes, que son: el cráneo y la cara. El cráneo consta de ocho huesos, que forman una caja muy dura y resistente, destinada a contener y proteger el encéfalo. Precisamente a la altura de esta última palabra, enmudeció, tomó la pistola de su padre con la mano izquierda, porque era zurda, apoyó el cañón sobre la sien y se dispuso apretar el gatillo. Volarle la tapa de los sesos- musitó como había oído en las películas. Suspiró aliviada cuando descubrió el agujero que la bala, tras el impacto, había hecho en aquella minúscula cabeza. Sólo entonces corroboró su teoría: su abuelo le había mentido; las muñecas no tenían cerebro.
La mujer de la limpieza dio órdenes precisas de que sacaran al muerto. Fue entonces cuando aquel tipo desgarbado, pálido, se acercó con aquel andar que encerraba cierta amargura y, con unas manos delicadas y unos movimientos asombrosamente minuciosos, tomó el cuerpo y procedió a trabajarlo con la paciencia y el escrúpulo de un coleccionista de mariposas. Cuando el proceso fue completado y el trabajo estuvo listo, terminó de un sorbo su taza de café y, ante la estupefacción del público, desapareció del escenario como por arte de magia. Momento tras el cual bajaron el telón y las luces se apagaron. Lo único que recuerdo es una música aguda y estridente en mitad del patio de butacas. Ahora, frente a la demente mirada del taxidermista, comprendo que yo soy su próxima víctima.
Madrugada del viernes, 3:45, TALGO 00610, coche 4, ventana, por favor. Llegada Puerta de Atocha, Madrid. Sus ojos se detuvieron examinando concienzudamente aquel último escalón. Siempre había experimentado una especie de vértigo al llegar al final del descenso. A continuación, tomó el bolso con la mano izquierda mientras la misma voz que la había acompañado a lo largo de todo el trayecto anunciaba la llegada a la capital. Pensó en aquella mesa del Café Manuela en la que se abrazarían. Antes de distraerse perfilando su reflejo en el vaho del cristal, decidió cerrar el libro. Le sobrevino la desagradable idea de que aquella mujer comenzaría a roncar de un momento a otro. Examinó cómo dormitaba bajo la protección del maquillaje y, acto seguido, abandonó la lectura durante una fracción de segundo para espiar a aquella mujer que viajaba a su derecha. Tras observar el modo en que el paisaje oscurecía con el paso del tren, miró por la ventana y, recordando su primer encuentro, se abandonó al traqueteo del tren abriendo el libro por la página noventa. Mientras se decidía a sacar su libro del bolso, se vio obligada a escuchar, vía telefónica, los pormenores de la vida sexual de su compañera de compartimento.
00:45. Próxima estación, Tafalla. A las 23:00 el tren iniciaba su marcha. 22:50, cierre del acceso al tren dos minutos antes de la salida. A las 22:45, haciendo alarde de su puntualidad, aquella máquina de acero que la transportaría a su ansiado reencuentro llegaba a la estación. Cinco minutos antes guardaba con cautela el billete tras leer en el extracto las indicaciones de la compañía. Este billete constituye su contrato de transporte, consérvelo hasta el fin del viaje. En ese instante, atrapada en aquel habitáculo nauseabundo, imaginaba el trayecto y la llegada. A las 22:30, el último camarero, agotado tras la jornada intensiva, dio una vuelta a la llave mientras dictaminaba que las cañerías de los servicios debían revisarse con urgencia, ya que emitían unos ruidos muy extraños.
Ella lo ve acercarse. Incauto. Ignorante. Él no la ha visto y cae en su red. Es entonces cuando ella se acerca a él y se deja ver. Deja que su presa contemple su abultado abdomen, su brillante cefalotórax, sus ágiles queliceros, que observe cómo la flexibilidad del pedicelo hace que el epigino se acerque a su indefenso cuerpo para vestirlo, poco a poco, vuelta a vuelta, con un blanco y pegajoso vestido. Demasiado tarde para que él pueda reaccionar. Está paralizado. Es el carnoso esternón de ella lo último que ve antes morir asfixiado.
Esta noche la araña cenará saltamontes.